Voy a arrancar por el final, porque es lo único que importa.
19 de noviembre de 2005. Santiago Bernabéu. Barcelona le gana 3 a 0 al Real Madrid. Ronaldinho hace dos goles, los dos arrancando desde afuera, los dos dejando gente en el camino.
Y cuando lo cambian, el Bernabéu se pone de pie a aplaudirlo.
El estadio del Real Madrid. Aplaudiendo de pie a un jugador del Barcelona.
Eso pasó tres veces en la historia. Tres. Y una de esas veces fue con Diego.
Cómo se llegó ahí
Ronaldinho llegó a Barcelona en 2003 y el club estaba hecho pedazos. Sin títulos, sin plata, sin rumbo. Habían intentado comprar a Beckham y se lo llevó el Madrid.
Se trajeron a un brasileño del PSG que jugaba raro y se reía todo el tiempo.
Dos años después eran campeones de España, al otro año campeones de Europa, y había un pibe de Rosario en el plantel que estaba mirando todo eso y tomando apuntes.
Lo que hacía
Ronaldinho es el único jugador que yo vi en mi vida al que le importaba más divertirse que ganar, y que igual ganaba.
La elástica. El pase sin mirar. El caño que no hacía falta hacer y lo hacía igual. El tipo jugaba como juega un pibe en un potrero que sabe que su mamá lo va a llamar a comer en cinco minutos.
Balón de Oro 2005. En su mejor momento no había discusión posible.
Y después se apagó
Rápido, además. Para 2008 ya no era el mismo, y a los treinta ya estaba dando vueltas por ligas menores.
Ahí está la trampa de la historia: fue el mejor del mundo menos tiempo que casi cualquiera de los otros grandes.
Dato para que sepan: entre el Balón de Oro de Ronaldinho en 2005 y el primero de Messi en 2009 pasaron cuatro años. Compartieron vestuario. Uno le dio la posta al otro y se fue.